Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (XXI). Antonio Sánchez “El Tato”, el torero amputado

Tenía don de gentes, que presta un atractivo suplementario a los que lo poseen. Fue una constante a lo largo de su vida. Ídolo de masas en el período de decaimiento de la fiesta que va desde la muerte de Chiclanero y la decadencia de Cúchares hasta la aparición de Lagartijo y Frascuelo. “Oliendo a almizcle, a esencia de rosas y jazmín, saturado el rico pañuelo de batista de agua de colonia”, lo describe el cronista malagueño Aurelio Rodríguez Bernal en sus Memorias del tiempo viejo en la revista Sol y Sombra de 1897. Siempre atildado, el esmero por su apariencia se manifestó cuando era todavía un desarrapado zagal de catorce años, al ajustar un compromiso para tres días de capea en Osuna, pidiendo un dinero por adelantado que empleó para presentarse “apañadito de prendas de torear, suyas o prestadas”.

Nacido en 1831 a la vera del matadero de Sevilla, en el barrio de San Bernardo que tantos toreros arrojaba a las plazas, comenzó como tantos otros a foguearse en el encierro de reses que servían para crear escuela taurina. “Joven, simpático, desenvuelto, agraciado en sus trazas”, su precoz desparpajo le abrió muchas puertas. Hacia 1849 llama la atención de José Redondo en Santiago de Compostela, cuando lo encuentra formando parte de una cuadrilla de pegadores portugueses como encargado de estoquear a los toros. El de Chiclana fue el primero en soltar su nombre en los mentideros taurinos. El único defecto que le vio es que era de Sevilla. Poco después aparece como puntillero de Juan Lucas Blanco, y pronto lo hará con Cúchares, que será el que lo promocione para más altos empeños, procurando que ampliara su repertorio con los  percales, con los que llegó a lucirse en ocasiones. Gustavo Doré ilustraría uno de sus galleos en 1862, publicado posteriormente en el libro de viajes del barón Davillier L’Espagne. Su mayor virtud, que tenía desde el principio, era la de “arrojarse como nadie en la suerte del volapié”, que ejecutaba de una forma particular.

Antonio Sánchez, Tato, por Teodoro Arámburu. “Anales del toreo” de José Velázquez y Sánchez (Sevilla, 1868). Biblioteca-RMR

Cúchares no pierde ocasión de dar opciones a su protegido, y le da la alternativa en Madrid en 1853. Cuando Sánchez se separa de su maestro se lleva consigo a los mejores de la cuadrilla, que prefirieron seguir a un joven prometedor que continuar junto a un veterano. Reclamado en todas las plazas (en 1855 lo hace en Bayona), un entendido citado por Neira lo retrata como “muy joven, garboso, preciadito de su persona y de simpática figura”, añadiendo que “adquiere cada día más partido”. Con el avance de las temporadas gana más seguridad en su concepto de la lidia, que no está exenta de percances, motivados en parte por la herencia de su maestro de lucirse con adornos en los quites y en ciertos defectos de ejecución que fueron señalados por los críticos taurinos.

Establece cierta competencia con el madrileño Cayetano Sanz, pero su gran rival a lo largo de muchos años sería otro nativo del barrio de San Bernardo, Antonio Carmona el Gordito. Al parecer, la chispa que enciende ese enfrentamiento tiene lugar en una corrida de beneficencia en Sevilla de la Asociación de damas presidida por la infanta Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier. El Tato se niega a que un prometedor Carmona figure como espada. Pocos años después, en Cádiz, surge otro incidente, cuando Carmona deja matar un toro a un joven banderillero llamado Lagartijo, honor que le había negado su rival. La simpatías comienzan a repartirse, y las disputas de partidarios de uno y otro alcanzan cotas que hacen necesaria a veces la intervención de las fuerzas de orden. Si Madrid era de Sánchez, en provincias se inclinaban por el Gordito.

En 1857 participa en la corrida de El Puerto de Santa María en la que Manuel Domínguez Desperdicios pierde un ojo. Es a partir del año siguiente cuando su carrera se afianza y se sitúa como uno de los toreros principales, condición que mantendría hasta su forzosa retirada. En 1861 contrae matrimonio con María de la Salud Arjona, hija de Cúchares por la que bebía los vientos. Según algunos testimonios, no le fue fácil a la pareja convencer al padre, que al final tuvo que ceder. Otros dicen que concedió gustoso la mano de su hija, no sin antes advertirle: “Hija, no creas que todos los toreros son como tu padre, que os dice vuelvo y vuelve; que casi todos suelen volver por carta o por alambre”.

El 7 de junio de 1869, un año después del derrocamiento de Isabel II y de la muerte de Cúchares en La Habana, se celebró una corrida en Madrid para conmemorar la promulgación de la Constitución, con intervención de Sánchez y Lagartijo.  Un toro castaño de la ganadería de Vicente Martínez, de nombre Peregrino, enganchó al Tato al entrar a matar a la altura de la rodilla. Muchos testigos anotaron que se debió a su forma de ejecutar el volapié, que entrañaba no pocos riesgos, al levantar la pierna derecha para coger impulso. La herida se complicó al parecer porque el toro llevaba en los pitones sangre de un caballo enfermo de arestín, virus que complicó sobremanera la curación. Para evitar la gangrena se le amputó la pierna. Se cuenta que en ese fatídico trance, sin anestesia por su decisión, exclamó “Adiós, Madrid”. Hubo que poner guardas en su casa para controlar a la cantidad de gente que acudía para interesarse por su estado. La pierna amputada se colocó embalsamada en una vasija de cristal en una farmacia de la calle Fuencarral, en cuyo escaparate aplastaba la nariz una multitud de curiosos. Un incendio destruyó el establecimiento poco después.

Antonio Sánchez (El Tato). “La lidia: revista taurina”. Año 1, n. 34, 30 de octubre de 1882. Biblioteca-RMR

Cayetano Sanz, Lagartijo y Frascuelo torearon todas las corridas que el Tato tenía contratadas esa temporada en la capital y le entregaron sus emolumentos. En octubre se le rindió un sentido homenaje en una corrida a su beneficio.  En 1871, con una pierna ortopédica hizo tres intentos infructuosos de volver a torear; en Badajoz no pudo dar ni un pase al cuarto de la tarde, sentándose impotente en el estribo; el público se lo impidió por su bien en Valencia, donde lo consoló el rey Amadeo de Saboya, y en Sevilla. 

Regresó a la que había sido su escuela con el cargo de repartidor de carnes del matadero sevillano. Allí pasó los últimos veintiséis años de su vida un hombre querido y admirado no tanto por sus virtudes taurinas como por su valor, apostura y talante dentro y fuera de las plazas. Dejó varias frases en el acervo popular, la más usada “No ha venido ni el Tato”, en referencia a su  conocida afición por la que no se perdía un evento taurino. Falleció el 7 de febrero de 1895, días antes de que los hermanos Lumière presentaran en París su primera exhibición cinematográfica.

Bibliografía

Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.

J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).

J. M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.

Antonio Peña y Goñi. El Tato. Revista La Lidia, año XIV, num. 1 y 2. Madrid, 1896.

Gómez de Bedoya. Historia del toreo y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850. Publicado por Egartorre Libros, Madrid, 1989.

Antonio García-Baquero. Razón de la tauromaquia. Obra taurina completa. (Pedro Romero de Solís, coord). Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2008.

Nestor Luján. Historia del toreo. Ediciones Destino, Barcelona, 1954. Aurelio Rodríguez Bernal. Memorias del tiempo viejo en la revista Sol y Sombra, 1897.

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