Feria de Pedro Romero 2021 (II). Antonio Ordóñez y Ronda: la Goyesca.

A lo largo de su vida, Antonio Ordóñez se empeñó en situar a Ronda en el lugar que le corresponde en la historia de la Fiesta, revitalizando la importancia de sus antecedentes: una monumental plaza construida en el último cuarto del siglo XVIII por caballeros maestrantes que impulsarían el toreo a pie como espectáculo público al promocionar a Francisco Romero, cabeza de la legendaria dinastía de toreros que crearían una de las escuelas fundamentales del toreo con Pedro y José Romero como máximos exponentes, de cuya importancia social da fe que fueran ambos retratados por Francisco de Goya.

«Esa tradición es la que Ordóñez se propuso recuperar, incorporando su propio toreo al marco rondeño e instaurando las corridas goyescas como una forma de conectar con aquel pasado espléndido de la ciudad», apunta Alberto González Troyano, y añade: «En cualquier otro torero que no hubiese tenido la trascendencia taurina de Antonio Ordóñez, esa actitud hubiera podido interpretarse como una forma de utilizar y adornarse con ese pasado en beneficio propio. Más en su caso, dado su triunfo, alcanzado casi de forma inmediata tras su alternativa, era más bien él, Ordóñez, el que proyectaba sobre Ronda la imagen de una nueva gloria taurina, tan excelente o más que todas las anteriores».

Esa recuperación fue para él un estímulo, recogiendo una iniciativa impulsada por su padre Cayetano, Niño de la Palma, al celebrar una corrida en 1954 coincidiendo con el segundo centenario del nacimiento de Pedro Romero, con vestidos a la usanza goyesca. Aquel festejo no tenía afán de continuidad, pero tres años más tarde se establece la que puede entenderse como la primera de una serie que perdura hasta nuestros días, y en la que Ordóñez participa por primera vez en la terna de matadores. Su presencia, mientras pudo hacerlo, se convirtió en un reclamo nacional y dio origen a una peregrinación de aficionados a una ciudad que hasta entonces permanecía alejada, ensimismada en su sierra y en su pasado, fuera de los circuitos habituales, para ver el prodigio de su concepción del toreo, protagonista de momentos irrepetibles, como la goyesca de 1972.

El escritor y crítico teatral Kenneth Tynan fue uno de esos peregrinos que no pudo resistir la tentación de asistir a aquella goyesca de 1972 con un cartel que anunciaba a Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, terna de veteranos ilustres frente a toros de Herederos de Carlos Núñez. «Durante los últimos veinte años no ha habido ningún motivo más poderoso para asistir a una corrida que el contemplar la maduración paulatina del estilo de Antonio Ordóñez», escribe en uno de sus artículos. Ordóñez había anunciado su retirada de los ruedos el año anterior, con la única excepción de que solo lo haría en Ronda, jugándose su prestigio a la carta de una sola corrida anual.

Goyesca 1957. Antonio Ordóñez, el mejicano Joselito Huerta y Rafael Ortega. Foto Martín. Archivo RMR/Aguilera

Las localidades se agotaron, como no podía ser de otra forma, pero cuatro días antes Dominguín se cayó de la convocatoria al sufrir un serio percance en Bayona. Antes de convocar a otro diestro, Ordóñez tomó la decisión de hacer una corrida mano a mano. «Aquel jueves por la mañana las malas carreteras que suben hasta Ronda estaban atascadas. Los principales críticos españoles, y los más destacados miembros de la afición española –predominantemente formada por partidarios de Ordóñez– habían acudido a presenciar la corrida», cuenta Tynan. Entre los partidarios pudo ver a varios extranjeros, como el banquero inglés Michael Wigram procedente de Londres acompañado de un equipo de filmación.

Vio a muy pocos turistas, casi todas las localidades estaban ocupadas por expertos. Se respiraba en el ambiente cierta aprensión, ya que Ordóñez llevaba más de doce meses sin lidiar en público. Abriéndose paso a codazos entre la muchedumbre que accedía a la plaza, «dudábamos de si, a los cuarenta años y después de un prolongado alejamiento, sería capaz de resistir una tarde como la que le aguardaba». Apretado como una sardina en su asiento, como cuenta, fue tomando notas de lo que aconteció en el ruedo.

«El primer toro es para Bienvenida, que es el matador más veterano. Y se produce la primera sorpresa: no es un toro pequeñito de los que uno espera en festejos benéficos sino un auténtico toro de cuernos y tamaño respetable (…) Bienvenida dedica su faena a Ordóñez, realiza un trabajo fluido y delicado con la muleta, y mata rápidamente. Con exceso de generosidad el presidente le concede las dos orejas».

Llega el instante esperado: «Siseo expectante cuando la plaza se impone silencio a sí misma y todos los ojos se fijan en Ordóñez (…) Su concentración, que parece casual, es total, y puede alcanzar una serenidad extática si las cosas le salen bien. Avanza hacia el toro (mayor que el primero) con pasos felinos y ligeros. Se planta delante de él, sacude el capote y nos da seis de sus famosas verónicas al ralentí, llevando al toro exactamente por donde él quiere (…) Toma la muleta y se dispone a hacer una demostración de eso que deseamos ver en los ruedos: lo difícil convertido en fácil. Esto es exactamente lo que hace Antonio en varias series de pases encadenados: tres series con la derecha seguidas de otras tres con la izquierda».

Este testigo cuenta que a ese primer toro lo mata al tercer intento, al pinchar en hueso. A pesar de eso, le conceden dos orejas. El tercero y el quinto los despacha Bienvenida en faenas que no merecen trofeos. «A estas alturas resulta claro que la tarde será o no gloriosa en la medida que Ordóñez sea capaz de ponerla a la altura deseada: tiene que cargar sobre sus hombros la pesada responsabilidad de demostrar él solo que el toreo puro no ha muerto».

De entrada, complicaciones: «El cuarto toro es difícil. Tiene tendencia a frenar a mitad de la embestida y en lugar de bajar la cabeza para seguir el engaño levanta los cuernos a una altura peligrosa». Sigue a continuación un estudio de ángulos y distancias, con ambas manos. Insiste hasta que de pronto, como sugestionado por esa muleta, «las maravillosas muñecas de Antonio doblegan ahora al toro en pases de todos los estilos. El toro se ha convertido literalmente en un ser creado por él (…) Todo se desarrolla con extraordinaria cortesía: el hombre y el animal han dejado de ser adversarios para colaborar en un mismo proyecto (…) Esta vez no yerra con la espada y mata a la primera estocada. Dos orejas y el rabo, y el delirio…».

«Ahora ya nada puede impedir el triunfo (…) El sexto toro, sin ser fácil, presenta menos problemas y Antonio exhibe todos los tesoros de su repertorio (…) Otra gran estocada, otra vez las orejas y el rabo y el público en pie gritando ¡To-re-ro! mientras Antonio da la vuelta al ruedo (…) Imperceptiblemente las voces han dejado de decir ¡To-re-ro! para gritar ¡So-bre-ro! El clamor de la muchedumbre hace temblar los cimientos de la vieja plaza». Antonio lo solicita y el presidente accede. Lo que ocurre a continuación, con el toro más grande, bello y potente de todos los que han salido a la plaza, lo relata este testigo así: «No tiene sentido hacer una lista de los pases. La lidia se desarrolla en un ambiente de embriaguez colectiva. Como en todas las grandes manifestaciones del arte, parece como si hombre y animal estuvieran movidos por la misma profunda fuente de energía. El conjunto crea una imagen parecida a la de un barco a toda vela. Cuando el toreo alcanza este nivel, logra romper temporalmente las fronteras que separan a la razón del instinto, al intelecto de la pasión».

El éxtasis culmina con una estocada recibiendo. «Se conceden las orejas y el rabo y la tormenta persiste. Se corta una pata y luego la otra (…) Al repasar mis notas hago un descubrimiento. Antonio ha conquistado esta tarde ocho orejas, tres rabos y dos patas, lo cual, si no me equivoco, significa que ha logrado el mayor número de trofeos que haya conseguido jamás un torero en una sola corrida».

Al día siguiente, concluye Tynan, «todos los críticos se desmelenaban cada uno a su manera, pero había una palabra que aparecía en todos los artículos: apoteosis».

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